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RINGO, UN PELEADOR QUE VIVIÓ SIN LÍMITES Y QUE MURIÓ EN SU LEY

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Fue el 22 de mayo de 1976, en plena dictadura salvaje, cuando la conmoción popular corrió por dos senderos encontrados. Porque unas horas antes de que Víctor Galíndez protagonizara su épica y sangrienta victoria ante el estadounidense Richie Kates, una noticia cruel perforó la sensibilidad de los argentinos: Oscar Natalio Bonavena, el grandote fanfarrón, que de provocador resistido había ascendido al rango de ídolo nacional por sus travesuras de pícaro de barrio, ocurrente y mediático, pero -especialmente- por su imagen de guapo boxeador, moría asesinado a la salida de un burdel en Reno. Tenía apenas 33 años. Cinco días después una multitud de más de 100 mil personas despidió sus restos tras un velatorio en el Luna Park y en el recorrido hasta la Chacarita.

Ringo, el apodo que se había ganado cuando en Nueva York una curiosa lo confundió con Ringo Starr, fue un particular personaje en una época de convulsiones políticas y del incipiente impulso de las promociones televisivas. Un autodidacta, en realidad.

En su retorno tras los primeros pasos de su carrera profesional, allá por 1965, había aceitado la copia de las extravagancias inventadas por Cassius Clay, su ídolo boxístico. Eran casi simultáneos. Bonavena -campeón argentino amateur- había sido suspendido de por vida por la Federación Argentina de Box cuando en los Juegos Panamericanos de San Pablo le mordió una tetilla al estadounidense Lee Carr. Se fue a Estados Unidos y se hizo profesional. Y debutó con una victoria por KO en el primer round ante Lou Hicks el 1° de marzo de 1964. Curiosamente, una semana antes, Clay había logrado el título mundial con su inesperada y contundente victoria ante Sonny Liston. El destino los cruzaría casi siete años después en aquel memorable enfrentamiento de diciembre de 1970 en el Madison Square Garden.

Ya habían transcurrido una parte grande de sus historias. Clay se había transformado en un boxeador inigualable con sus piernas prodigiosas, inéditas para los pesados, y su calidad técnica. Luego, ya convertido al islam, pasó a llamarse Muhammad Alí y por su negativa a participar en la guerra de Vietnam fue despojado de sus títulos y condenado a prisión. Bonavena ganó sus primeras ocho peleas en Estados Unidos hasta que fue derrotado por Zora Folley. Y decidió volver a Argentina para iniciar su festival mediático y afirmarse en el boxeo local. Canchero, provocador, se instaló en su casa de Parque de los Patricios y comenzó a preparar el terreno para enfrentar a Gregorio Goyo Peralta, campeón argentino de los pesados.

La pelea se hizo el 4 de setiembre de 1965. Nunca antes -ni después- hubo tanta gente en el Luna Park. El número oficial dice 25.236 espectadores. El 90 por ciento fue a ver perder a Bonavena. Le tiraron monedas cuando subió al ring. Y se sentó sobre la lona para recogerlas. Pero distinta fue la película en la pelea. La superioridad física fue dominando la escena. Y el hombre de los pies planos logró primero el silencio de la multitud y, con el final victorioso, los aplausos. Ahí comenzó el idilio.

Los habanos, la suite en el Alvear, los ravioles de doña Dominga, la telelevisión, la farándula, los discos. Y hasta el “Pío pío”, un dudoso tema musical matizado con su voz de pito, casi infantil. Volvió a Estados Unidos. Les ganó a Karl Mildenberger y a George Chuvalo. Perdió dos veces con Joe Frazier y con Jummy Ellis. Esperaba el retorno de Alí. Y Alí volvió en 1970. En el camino hacia Joe Frazier le dio la chance a Bonavena el 7 de diciembre. El bocón de Louisville contra el bocón de Parque de los Patricios. Y exageró Bonavena. Denunció una bomba falsa en el avión que lo llevó. Lo trató de chicken (gallina) a Alí. Lo sacó de quicio. La pelea marcó 79,3 de rating, record en Argentina. Guapeó. Pero perdió por KOT en el 15° y último asalto. Lo tiró tres veces Alí y nunca fue al rincón -como correspondía- después de cada caída. Por eso su imagen se agigantó. Pero luego perdió con Patterson y con Lyle. Y fue entonces cuando empezó su confusión. Se creyó que había llegado a lo máximo. Pero quiso más.

Volvió a Estados Unidos. José Montano, un promotor portorriqueño, lo contrató en febrero de 1976. Y luego le vendió ese contrato a Joe Conforte, un siciliano, mafioso, dueño de un prostíbulo -Mustang Ranch- que había estado preso. Se metió en ese ambiente pesado. Se casó con Daisy, una de las pupilas del Mustang, para conseguir la residencia. Pero Conforte, que no podía firmar documentos, se lo cedió a Sally, su ex esposa -todavía socia-, y comenzó la extraña relación con esa mujer de 65 años discapacitada de una pierna.

Daisy había sido pareja de Ross Brymer, un corpulento guardaespaldas de Conforte. Y se desataron los conflictos. Tras una discusión noqueó a Brymer. Le incendiaron el trailer en el que vivía, con los documentos. Conforte le había prohibido la entrada al burdel. Pero él quiso entrar igual a las 6 de aquel 22 de mayo de 1976. Desde una garita Brymer le disparó con una escopeta. Le dio en el corazón. (Horacio Pagani)


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