Abandonado por su madre, fue criado por humanos. Cuando lo presentaron al grupo de monos del zoológico de Ichikawa, en Japón, no pudo integrarse en la sociedad de monos. Ahora no deja de abrazar el peluche que le regalaron sus cuidadores, tan triste, pero tan tierno, pero triste.

En la naturaleza, el rechazo de una madre suele ser una sentencia de muerte, no solo por la falta de alimento, sino por el vacío emocional. Punch comenzó a mostrar signos graves de depresión y ansiedad, aislándose de todos… hasta que apareció un objeto inesperado que le salvó la vida: un simple peluche de colores.

Punch se aferraba a su peluche las 24 horas del día. Lo abrazaba con fuerza para dormir, lo cargaba a cuestas y buscaba en esa felpa suave el calor que su manada le había negado. Las imágenes del pequeño monito buscando consuelo en un objeto inanimado dieron la vuelta al mundo, recordándonos que todos, sin importar la especie, necesitamos sentirnos seguros y amados.
Pero lo que comenzó como una medida para reducir su estrés, terminó siendo el puente hacia su libertad. Gracias al cuidado de los expertos y a un proceso lento de socialización, ocurrió el milagro: ¡Punch fue finalmente aceptado por otros monos!.
Aquel peluche que fue su único amigo durante los días oscuros ya no es necesario, porque ahora tiene brazos de verdad que lo rodean, amigos que lo despiojan y una familia que lo reconoce como uno de los suyos
