Muchos lo recuerdan por un solo papel: el payaso de It que los hizo dormir con la luz prendida. Pero él fue mucho más que ese payaso.

Empezó cantando en un coro de iglesia cuando era niño, en Inglaterra. En 1968 debutó en teatro con el musical Hair, y ahí conoció a Richard O’Brien, que escribió pensando en él al doctor Frank-N-Furter de The Rocky Horror Picture Show.
La película de 1975 fue ignorada por la crítica, pero el público la convirtió en un ritual: funciones de medianoche, gente disfrazada, todos cantando. 50 años después sigue en cartelera.
Ese papel pudo encasillarlo para siempre. Curry hizo lo contrario: buscó a propósito personajes que no se parecieran en nada. Fue el villano de Annie, el mayordomo de Clue, el conserje de Mi pobre angelito 2, Long John Silver con los Muppets. En teatro sumó 3 nominaciones al Tony y 2 al Olivier.
Y en 1990 llegó Pennywise. Más de 37 millones de hogares vieron la miniserie de It. Curry no hizo un payaso alegre con algo raro escondido: le dio una voz baja y rasposa, acento de Nueva York y la actitud de alguien que disfruta asustarte.
Su director contó años después que su trabajo fue básicamente darle el escenario y no estorbarle.
Esa fue su marca: entregarse por completo a personajes exagerados sin que parecieran caricatura. Por eso el miedo que dejó en toda una generación no venía del maquillaje. Venía de él.
Un derrame en 2012 lo dejó en silla de ruedas, pero siguió trabajando con lo único que necesitaba: la voz. El año pasado publicó sus memorias y las grabó él mismo, palabra por palabra.
Cumplió hasta el final la frase que Rocky Horror repite desde 1975: no te quedes soñándolo, conviértete en eso.
