La crudeza del modelo económico de Javier Milei volvió a quedar en evidencia tras la publicación de los datos oficiales del INDEC. Durante el mes de septiembre, una familia tipo necesitó superar la barrera de los $1.600.000 solo para no caer bajo la línea de la pobreza. Los números reflejan un incremento mensual del 1,7% en la Canasta Básica Total (CBT), un guarismo que, lejos de ser un alivio, golpea de forma impiadosa a los hogares que hace tiempo perdieron la carrera contra la inflación y la devaluación.
Mientras desde los despachos oficiales se celebran planillas de Excel y supuestos logros macroeconómicos, la realidad de la calle muestra un escenario desolador. Salarios licuados, jubilaciones de indigencia y paritarias a la baja conforman el combo explosivo de una gestión que parece ignorar el sufrimiento cotidiano de la gente. El costo de la canasta básica expone crudamente el fracaso de una política económica diseñada para favorecer a unos pocos mientras empuja a amplios sectores de la sociedad a la exclusión.
Un piso inalcanzable para los trabajadores
El informe del organismo estadístico confirma lo que los ciudadanos experimentan a diario al pisar un supermercado o intentar pagar los servicios: los ingresos corrientes están a años luz de cubrir las necesidades mínimas. Con salarios pulverizados y un mercado laboral precarizado, millones de trabajadores formales e informales se encuentran hoy en la cuerda floja, atrapados en una trampa inflacionaria de la que el Gobierno se desentiende olímpicamente.
Las familias argentinas se ven obligadas a hacer malabares imposibles, recortando gastos esenciales en salud, educación y alimentación para poder llegar a fin de mes. Sin embargo, para la administración libertaria, el ajuste y el sacrificio popular parecen ser los únicos fines válidos de su gestión, desatendiendo el mandato básico de garantizar el bienestar general y la dignidad de la población.
Con un Estado ausente y insensible que recorta redes de contención y desfinancia las áreas sociales, la distancia entre el relato oficial y la trágica realidad económica es cada vez más insostenible. La línea de la pobreza ya no es solo una estadística fría: es el reflejo de un país que se empobrece de manera acelerada bajo la atenta y fría mirada de un Gobierno que eligió mirar hacia otro lado.
