*Por Ivanna Azcárate
Desde su llegada al pontificado en 2013, Jorge Bergoglio —el Papa Francisco— no solo se convirtió en el primer Papa latinoamericano de la historia, sino también en el primero que, de manera tan frontal y sostenida, le dio voz a los que no suelen tenerla. Su legado, que ya es palpable, no solo impacta a la Iglesia Católica, sino que atraviesa a la sociedad entera y a las estructuras globales de poder.
A diferencia de sus antecesores —Benedicto XVI, más centrado en la doctrina, y Juan Pablo II, más enfocado en el escenario político mundial del siglo XX—, Francisco eligió otro camino: el de la periferia. Mientras otros miraban desde el centro hacia afuera, él se puso en los márgenes para mirar hacia adentro.
El Papa Francisco habló de pobreza, de inmigración, de crisis climática, de trabajo esclavo, de abuso, de feminicidios, de extractivismo. Temas incómodos, muchas veces esquivados por la política y también por sectores eclesiásticos. Francisco los puso sobre la mesa no como denuncias vacías, sino como llamados urgentes a una ética humanista, que coloque a la persona —especialmente a la más vulnerable— en el centro del debate.
Su trabajo social, tanto simbólico como concreto, ayudó a revalorizar a los movimientos populares, a los cartoneros, a las mujeres trabajadoras de las villas, a los migrantes, a los excluidos del sistema. No solo los escuchó: los reivindicó como actores sociales claves. En sus encuentros y discursos, habló de «la dignidad de los descartados», enfrentando directamente a un sistema que muchas veces los invisibiliza.
¿Y por qué esto es importante para el mundo?
Porque en tiempos donde el individualismo parece regla, donde las crisis se descargan siempre sobre los mismos hombros, y donde la desigualdad crece, la mirada de Francisco interpela. Nos recuerda que no hay justicia posible sin inclusión. Que no hay paz si no hay pan. Que no se construye una sociedad verdaderamente humana sin reconocer al otro como igual.
Más allá de credos, Francisco representa hoy una figura moral global que incomoda a los poderosos y abraza a los invisibles. En un mundo lleno de muros, él eligió construir puentes. Su legado no se mide solo en reformas eclesiásticas, sino en la capacidad de transformar la mirada social y política sobre quienes siempre fueron considerados los últimos.
Y quizás allí esté su mayor diferencia con otros papas: no quiso ser el «santo padre» que baja del cielo, sino el hermano que camina a la par, que se ensucia los zapatos y que no le teme a decir lo que duele.
Nos invitó a mirar desde abajo. A mirar con otros ojos. Y a entender que una sociedad que no integra a los más vulnerables, está condenada a repetirse en su propia injusticia.
