El nivel de atrasos en el pago de créditos bancarios alcanzó el 10,6% en enero, la cifra más alta desde 2010. El fenómeno, impulsado por la pérdida del poder adquisitivo y la recesión, triplica el promedio de los países vecinos.
La economía de los hogares argentinos atraviesa un momento crítico. Según los últimos datos publicados por el Banco Central, la morosidad en los préstamos destinados a las familias escaló hasta el 10,6% en el primer mes del año, marcando un máximo histórico en los últimos 16 años. Este incremento representa un salto del 292% en comparación con el mismo periodo del año anterior.
La situación se manifiesta con mayor crudeza en los préstamos personales, donde la irregularidad llegó al 13,2%, y en los saldos de tarjetas de crédito, con un 11% de impagos. Sin embargo, el escenario es aún más complejo en el sector de las entidades no financieras (fintech y billeteras virtuales), donde la mora asciende al 23,9%, casi cuatro veces más que el promedio del sistema financiero total.
El podio regional de la deuda
En términos comparativos, Argentina se ha consolidado en el primer puesto de morosidad en la región, un lugar que ocupa de forma ininterrumpida desde julio del año pasado. Mientras que el país supera la barrera del 10%, sus vecinos muestran cifras significativamente menores:
Brasil: 5,2%
Colombia: 5,1%
México: 3%
Chile: 2,6%
Paraguay: 2,3%
Causas y perspectivas
Especialistas coinciden en que este fenómeno es estrictamente local. «A principios de 2025, la mora de las familias argentinas estaba por debajo del 3%, en línea con la media regional. El deterioro actual se explica por la recesión y la caída del salario real», explican desde la Gerencia de Estudios Económicos del Banco Provincia.
El estancamiento de la economía en los centros urbanos, sumado a un esquema de tasas de interés que en muchos casos supera la inflación mensual, ha provocado que la relación cuota-salario se vuelva insostenible para miles de usuarios. Hacia adelante, el mercado advierte que la tendencia solo podrá revertirse si los ingresos logran recuperar terreno frente a los precios, permitiendo a las familias aliviar una carga financiera que hoy parece no tener techo.
