El radicalismo explora acuerdos amplios y herramientas como las PASO para reubicarse frente al peronismo y el oficialismo libertario. Las tensiones internas persisten, pero empieza a imponerse una certeza: sin volumen político, anclaje territorial y una estrategia común, no habrá lugar en la contienda electoral.
El radicalismo atraviesa una etapa de redefiniciones profundas, en la que conviven tensiones internas, apuestas territoriales y una ambición que empieza a ordenarse en torno a un objetivo concreto: volver a ser un actor central dentro de un esquema político de tercios.
Lejos de limitarse a una interna clásica, el debate en la Unión Cívica Radical se despliega en múltiples planos. Gobernadores, intendentes y referentes nacionales ensayan caminos divergentes que van desde la cercanía con el oficialismo libertario hasta la construcción de una alternativa de centro. En ese marco, la estrategia que gana terreno apunta a consolidar una coalición competitiva que logre posicionarse frente al peronismo y el espacio que encabeza Javier Milei.
Ese escenario, sin embargo, está atravesado por condicionantes. El principal, según reconocen distintos sectores, es alcanzar un nivel básico de cohesión interna. Pese a las fracturas, el radicalismo todavía conserva volumen territorial y capacidad política para reubicarse en el tablero nacional.Análisis político Argentina
El antecedente inmediato de ese intento fue Provincias Unidas, una experiencia que, medida en votos, no alcanzó los resultados esperados. Más allá de los magros desempeños electorales, algunos de sus impulsores sostienen que sirvió para consolidar una base electoral y abrir un camino que ahora buscan perfeccionar.
En ese rediseño aparece la idea de ampliar la coalición. Sectores del radicalismo imaginan un armado que incluya al espacio de Horacio Rodríguez Larreta, la Coalición Cívica e incluso fragmentos del peronismo. La tensión también se expresa en el rechazo a acuerdos que remitan al pasado.
En este contexto de búsqueda de síntesis, el intendente de Río Tercero y titular de la UCR cordobesa, Marcos Ferrer, dio un paso que podría anticipar el modelo que algunos sectores quieren replicar a nivel nacional. El dirigente propuso conformar una amplia alianza opositora con La Libertad Avanza, el PRO, Hacemos por Córdoba y otros espacios, con un mecanismo de definición claro: primarias abiertas.
“El tiempo del peronismo en Córdoba está acabado”, planteó Ferrer, al tiempo que sostuvo que un acuerdo amplio “garantiza la victoria” en 2027. Su propuesta incluye tres condiciones para las primarias: que sean democráticas, que permitan la participación de independientes y que se desarrollen con campañas austeras.
La iniciativa no solo busca evitar la fragmentación opositora, sino también trasladar la resolución de las internas a la ciudadanía. En un sistema político atravesado por disputas de liderazgo, la apelación a las PASO aparece como una herramienta para ordenar sin romper.
La discusión sobre candidaturas todavía está abierta, pero algunos nombres comienzan a aparecer con mayor frecuencia. Entre ellos, el gobernador correntino Gustavo Valdés, señalado como un dirigente con experiencia ejecutiva capaz de encabezar una fórmula competitiva.
Al mismo tiempo, emergen figuras nuevas dentro del partido, como Leonel Chiarella, actual presidente de la UCR, cuya gestión local y perfil generacional lo posicionan como un articulador interno. Aunque su rol no define la estrategia de cada distrito, hay consenso en que puede contribuir a recomponer puentes en un partido atravesado por desconfianzas.
Si el radicalismo nacional enfrenta el desafío de la unidad, la provincia de Buenos Aires condensa esa problemática en su máxima expresión. Con elecciones internas convocadas para el 7 de junio, el partido se encamina a una definición que excede nombres y cargos: se trata de reconstruir autoridad en medio de judicializaciones, liderazgos en pugna y estrategias contrapuestas.
En el plano político, la discusión sigue atravesada por dos lógicas que no terminan de sintetizarse. Por un lado, el sector referenciado en Maximiliano Abad, junto a Gustavo Posse y Daniel Salvador, insiste en la necesidad de dotar de legitimidad a la conducción tras el “fracaso rotundo” del esquema de contingencia que siguió a la crisis judicial. Por el otro, el espacio de Miguel Fernández y Alejandra Lordén plantea la integración como condición, aunque avanza en paralelo con un armado propio.
La tensión se replica en los distritos. En Junín, el presidente del comité local, Leandro Salvucci, describió un clima de diálogo incipiente: “Estamos contentos por el proceso que estamos llevando adelante, creo que habla de una madurez política de todos los sectores”. Allí, las conversaciones buscan evitar la interna, aunque con cautela: “Hoy todos estamos de acuerdo, pero después hay que plasmarlo”.Análisis político Argentina
Desde Evolución Radical, Juan Pablo Itoiz aportó una mirada más cruda: “Estamos en una encrucijada, ante errores cometidos no solo el año pasado sino a lo largo de varios años. La situación no da para más”. El ex concejal apuntó a la crisis provincial, a la conducción “de contingencia” y al desempeño de dirigentes en distintos distritos: “En muchos distritos quienes asumieron responsabilidades no han estado a la altura de las circunstancias”.
Pese a ese diagnóstico, también coincidió en la necesidad de ordenar primero el partido: “No podemos poner el carro adelante del caballo. Primero hay que ordenar el partido, renovar autoridades y normalizar el funcionamiento del comité; después discutir la estrategia electoral”.
En los distritos, la tensión entre acuerdo y confrontación se vive con intensidad. Algunos dirigentes promueven listas de consenso para evitar el desgaste interno, mientras otros consideran que la competencia es necesaria para legitimar liderazgos. Esa discusión se replica a nivel nacional.
El radicalismo se mueve así en una delgada línea entre su tradición histórica y la necesidad de adaptarse a un sistema político en transformación. La apuesta por un escenario de tercios refleja tanto una oportunidad como un riesgo: la posibilidad de romper la polarización, pero también la exigencia de construir una propuesta sólida y unificada.
En ese camino, las internas, las alianzas y las figuras emergentes serán determinantes. La experiencia reciente dejó lecciones, pero no certezas. Y en un tablero donde las reglas aún se están escribiendo, la UCR busca recuperar protagonismo sin perder su identidad.
