La acreditada Liliana Franco dialogó EN EXCLUSIVA CON MEDIOS RIOJA y denunció que se le impidió el ingreso a la Casa de Gobierno tras un incidente con un colega. «Pensé que como era un gobierno liberal, sería más abierto», confesó tras décadas cubriendo la gestión presidencial.
La mañana en Balcarce 50 comenzó con una imagen que resume la creciente fricción entre el Poder Ejecutivo y el periodismo acreditado: Liliana Franco, histórica cronista de la Casa Rosada, del otro lado de la reja. Lo que comenzó como una restricción puntual tras un polémico episodio de un colega con una «cámara espía», terminó exponiendo un malestar profundo sobre el acceso a la información pública.
El detonante y el castigo colectivo
Según relató Franco, el conflicto escaló luego de que un periodista de TN utilizara anteojos con cámara para filmar sectores de la Casa Militar. Si bien la periodista reconoció que existen normas de comportamiento, cuestionó la falta de proporcionalidad en la respuesta oficial.
«Tenían un recurso perfecto, el de individualizar, porque no fuimos todos. Casa militar jamás tomaría una decisión sin que esté de acuerdo el presidente de la Nación».
Para la cronista, que ha cubierto mandatos desde el regreso de la democracia, esta medida es el punto de llegada de un proceso de degradación del trabajo periodístico: «Fui viendo como el periodismo fue perdiendo posibilidades de acceso, de trabajo… cada presidente fue limitando alguna cosa».
Una «decepción» con sello autoritario
Uno de los puntos más críticos del testimonio de Franco fue la comparación entre las promesas de libertad del actual gobierno y la realidad del día a día en los pasillos oficiales. La periodista no dudó en trazar paralelismos con gestiones anteriores que también mantuvieron una relación tirante con la prensa.
«Me llevé una sorpresa, una decepción porque son muy autoritarios. Les gusta el discurso único como al kirchnerismo más duro: estás con ellos, o contra de ellos».
Franco destacó que esta falta de apertura no solo afecta al periodismo, sino a la propia gestión del Gobierno, al no comunicar adecuadamente hitos como acuerdos internacionales: «Creo que es a propósito, no informan la agenda ni nada. Hay una intencionalidad de que nos equivoquemos».
La falacia del poder mediático
Ante la postura oficial que acusa al periodismo de generar «mal humor social» o de ocultar los logros de la gestión, la cronista fue tajante al señalar que la influencia de los medios tiene un límite claro: la realidad del ciudadano.
«Si tuviéramos tanta influencia, el resultado electoral hubiera sido diferente. La gente no es tonta… a la realidad la vive todos los días cuando va a su trabajo, su comercio o a estudiar».
El cierre de una etapa
Franco concluyó su descargo con una reflexión sobre la naturaleza de la democracia y la función del profesional de prensa, lamentando que la gestión de la comunicación no haya alcanzado los niveles de profesionalismo esperados para un gobierno que se autodefine como defensor de las libertades individuales.
«Pensé que la gestión con los medios iba a ser más profesional. Porque eso es la libertad: el acceso a la información», sentenció desde el otro lado de la reja, allí donde hoy la vieja escuela del periodismo parece haber encontrado un nuevo límite.
