El calvario de Diego Estrada tras ser brutalmente golpeado en la comisaría: entre llantos, amenazas de muerte y una pesadilla que no termina, la víctima clama justicia tras denunciar una salvaje sesión de tortura.

La pesadilla comenzó con el ladrido de un perro y terminó en un calabozo de la comisaría de Ulapes, donde, según relata a MEDIOS RIOJA, Diego Estrada, el miedo, el dolor y la humillación se convirtieron en su única compañía durante días. Lo que fue presentado como un procedimiento de rutina, Estrada lo define hoy como una jornada de horror y abuso institucional.
«No somos seres humanos para ellos»
El relato de lo vivido en la dependencia policial es escalofriante. Estrada asegura haber sido víctima de un ensañamiento que va más allá de cualquier límite legal.
«Son violadores, asesinos, y me imagino sus madres, porque son lacras, no son seres humanos. Son asesinos, me hicieron muchas cosas, estoy matado. No puedo estar ni un rato bien», confiesa entre lágrimas, revelando la profunda herida emocional que le ha dejado el episodio.
El inyectable y el silencio forzado
Uno de los puntos más inquietantes del testimonio es la secuencia de los hechos dentro de la comisaría. Tras ser trasladado al hospital, Estrada sostiene que fue sometido a una práctica que aún lo mantiene bajo sospecha y temor.
«Cuando cambió la guardia me pusieron un inyectable y me volvieron al calabozo, donde estuve aguantando los dolores hasta el miércoles», detalla, describiendo cómo agentes con los rostros cubiertos y cuellos altos ejecutaban las agresiones sin permitirle siquiera el derecho a defenderse o comprender el motivo de su calvario.
Entre el terror y la impunidad
Más allá de las marcas físicas, el trauma se ha transformado en un miedo paralizante. Estrada asegura que el hostigamiento no terminó al salir de la comisaría, sino que persiste a través de amenazas contra su entorno familiar.
«Tengo miedo porque fueron dos al calabozo donde me tuvieron, me amenazaron a mi familia, que tenían contactos que si hablaba me iban a hacer algo», relata con angustia.
Una vida partida en dos
La denuncia de Estrada es, en esencia, el grito de alguien que perdió la paz en una noche. La impotencia de ser un ciudadano común, trabajador, enfrentado a una maquinaria de poder que, según él, decidió destruir su integridad física y psicológica sin explicación alguna.
«Yo era feliz, y ahora no soy feliz. Tengo que estar así, llorando a cada rato, sin ir al trabajo. Espero que no inventen cosas, y que se haga justicia. Estamos mal porque somos inocentes», sentencia, con la esperanza de que su voz sirva para que los responsables no queden impunes y el horror que vivió no se repita.
